18 de mayo de 2016

El 5 de Cavendish Square


Cavendish Square


La primera vez que estuve en Londres fue a principios de los noventa. Me enviaron allí junto a otra compañera a un curso de especialización en Derecho de la Competencia del que, tras una semana, el mejor provecho que obtuve fueron los apuntes mecanografiados que nos repartieron el último día -no sé por qué extraña razón, algunos extranjeros hablan aún más rápido cuando les pides por favor que lo hagan más despacio-.

Un compañero nos había recomendado alojarnos en hotelito español con encanto, "algo decadente pero de trato agradable y muy bien ubicado" en el West End, a 4 minutos a pie de la estación de metro de Oxford Circus. 

La elección no pudo ser más acertada. El Spanish Club resultó ser un edificio georgiano en una encantadora plaza, Cavendish Square, muy verde, bonita y elegante, que conservaba aún ese aire dieciochesco de sus orígenes. Al parecer, debe su nombre a Henrietta Cavendish-Holles, esposa del segundo conde de Oxford, propietario en el siglo XVIII de gran parte de los terrenos de la zona. En torno a los jardines edificaron en aquella época sus residencias buen número de aristócratas ingleses, y el nombre de la plaza tiene incluso reflejo en la literatura inglesa, pues aparece en el Dr Jekyll and Mr Hyde de Robert Louis Stevenson.



Número 5 de Cavendish Square


El edificio que alojaba el Spanish Club es el típico edificio londinense. El día que llegamos,me pareció algo triste, porque tanto por fuera como por dentro estaba algo anticuado y necesitado de reformas. Sobre la majestuosa escalera de la entrada colgaba un retrato de Alfonso XIII y sobre las paredes, fotografías históricas de algunos de los personajes que habían estado allí a su paso por Londres. En el gran salón al que se accedia por la escalera, la colonia española había recibido en el pasado a invitados ilustres, como Fidel Castro o el mismo Miguel de Unamuno, de quien una de las fotografías colgadas en la pared recordaba la cena homenaje que se le organizó en febrero de 1936.

Pero en aquella época remota el Spanish Club que yo conocí se había llamado de otra forma. Sus raíces estuvieron en el antiguo Centro Español de Londres, fundado en 1916 bajo la iniciativa particular del restaurador Antonio Martínez y un grupo  variopinto de españoles, entre ellos el periodista Ramiro de Maeztu. Inicialmente, la sede del Centro fue un desván abandonado en la planta superior de la vivienda de Antonio Martínez, en Wells Street, y no fue hasta pasada la gran guerra cuando adquirieron la sede del número 5 de Cavendish Square.

El objetivo inicial del Centro Español de Londres fue dotar a la comunidad española de Londres de un lugar de encuentro para fomentar las relaciones entre españoles, británicos y sudamericanos y promocionar la cooperación intelectual, económica y cultural entre sus países. Desde su nacimiento, el club contaba con un bar, un restaurante y alojamiento para viajeros españoles de paso en Londres.


Blanco y Negro, 17 de octubre de 1926.


En el desaparecido Centro Español de Londres en el que tuve la suerte de alojarme durante aquella semana, habían llegado a hospedarse durante la década de 1920 numerosos artistas españoles que viajaron a la ciudad para exponer sus obras; como Francisco Sancha, Ramón Calsina, Miguel Mackinlay y Evaristo Valle.

El pintor Gustavo de Maeztu vivió enLondres  entre 1918 y 1922, dejando también su huella en el 5 de Cavendish Square, como el tríptico "Iberia" y algún otro cuadro.

En la planta baja del edificio que yo conocí tenía su sede entonces la agencia EFE. En el primer piso estaba el restaurante, cuyas ventanas daban directamente sobre los árboles de la plaza. Recuerdo los desayunos allí como una de las cosas más agradables de mi estancia, untando el pan con mermelada de arándanos y grosellas como un personaje de Henry James.





Durante aquella semana de 1991 o 92 -como me ocurre tantas veces, he olvidado la fecha exacta-, asistíamos a clase por las mañanas y recorríamos la ciudad por las tardes. Una de estas, a nuestro regreso al hotel para descansar y cambiarnos de ropa, nos encontramos con una fiesta en la planta baja. No recuerdo tampoco si había sido organizada por la agencia EFE o por la Cámara de Comercio, pero sí que nos invitaron a unirnos a ella según entramos en el hall del número 5.

Al cabo de una hora, se organizó un gran revuelo. Scotland Yard obligó a desalojar el edificio porque habían recibido, al parecer, una llamada amenazando con una bomba supuestamente de ETA. La fiesta se trasladó al otro lado de la calzada, a los jardines de la plaza, donde no solo fuimos a parar invitados y camareros sino también los cristalinos recipientes de bebidas alcohólicas y muchas de las bandejas de comida. Pasó la tarde charlando y riendo en aquel parquecillo que recuerdo como sacado de una película de Sherlock Holmes, mientras veíamos enfrente a la policía inglesa afanarse en la búsqueda del supuesto artefacto -que por suerte nunca existió-. Finalmente cayó la noche, Scotland Yard dio por concluida la búsqueda, y pudimos regresar al hotel.

Cuatro años más tarde volví a Londres en viaje de placer, y como no, a alojarme en el Spanish Club. Esa segunda vez fueron dos semanas, y me pareció un lugar bastante más romántico. Supongo que porque iba mejor acompañada y hasta la mermelada me sabía más dulce.

Parece que el Spanish Club cerró sus puertas el 20 de septiembre de 1997, solo un año después de mi última estancia, y yo no me había enterado. En 2003, el viejo edificio de Cavendish Square se convirtió en un hotel de lujo y punto de reunión de la élite londinense, tras una importante restauración del edificio. Hoy en día sigue siéndolo, y además uno de los clubs nocturnos más exclusivos de Londres. Pero ya no me apetece tanto visitarlo de nuevo.


9 de mayo de 2016

La muchacha




Bilbao, 1961. Una joven merienda con sus amigos sentados a una mesa del Aterpe. Hace años que dejó su casa para instalarse en Bilbao, donde tiene un taller de costura en el que ella y varias empleadas también jóvenes hacen trajes y vestidos de novia para la alta sociedad bilbaína. En sus ratos de ocio le gusta ir al cine con sus amigos y subir al monte; de hecho ha ganado un par de copas como montañera en marchas reguladas, luciendo chirucas con faldas de vuelo.

Un hombre entra en el bar y se acerca a pedir un café en la barra. Y entonces la ve. Ella ríe a carcajadas con la broma de uno de sus acompañantes, mostrando una boca grande y perfecta. Le parece guapísima. Toma la cámara alemana que siempre lleva colgada del cuello y dispara. Al cabo de unos días, vuelve a visitar el Aterpe en varias ocasiones y recorre las calles de la zona, buscándola, hasta que por fin un día la joven aparece de nuevo con su grupo. Se acerca a ellos y le entrega azorado una de las fotografías que le había tomado.

Mi padre me había enseñado esa foto hace años. La tenía guardada en una caja con llave en la que escondía sus fotografías más preciadas y me la enseñó sin soltarla. Tiene que seguir en su casa o en el fondo de algún baúl del trastero.



29 de marzo de 2016

Los juegos

Cuando era pequeña, mi animal favorito era el caballo. Siempre deseé tener uno propio, preferiblemente un zaíno de capa rojiza y brillantes crines negras. Me parecían las criaturas más hermosas de la tierra, admiraba su figura esbelta, su agilidad y la elegancia de sus movimientos. En los veranos que pasábamos en el caserío, uno de los juegos preferidos que compartíamos mis hermanos y yo consistía en convertirnos por unas horas en nuestro animal favorito. El mío era siempre el caballo, por supuesto, mientras que mi hermana solía transformarse en una vaca pinta como las del abuelo, y mi hermano pequeño en un pastor alemán. Pasábamos horas caminando a cuatro patas por el pasto, fingiendo que masticábamos los brotes de hierba que tomábamos con los dientes, unas veces directamente y otras de un platillo que nos rellenábamos unos a otros, pues durante el juego trocábamos alternativamente nuestro papel de bestia a dueño. 

Nos paseábamos unos a otros, nos atábamos después a las argollas oxidadas de hierro que sobresalían de los muros de la casa. Relinchábamos, mugíamos y ladrábamos subiendo las patas delanteras. Mi abuela nos miraba al pasar en el transcurso de sus quehaceres, con una mueca entre la risa leve y la certeza de que el estado mental de sus nietos urbanitas era, como poco, delicado. Mi madre nos traía a veces la merienda en una bandeja que dejaba sobre la hierba, para que pudiéramos comerla a bocados sin usar las manos, como es normal en los cuadrúpedos.


Otro de nuestros pasatiempos predilectos era simular que íbamos de aventura al monte, lo cual era cierto hasta cierto punto, porque el monte al que subíamos estaba justo frente a la casa, pero a menos de 100 metros de la misma. Cuando llegábamos arriba saludábamos a gritos a mamá, que agitaba el brazo y nos veía sin dificultad desde el zaguán de la casa. Llevábamos con nosotros  un esku saski, la cesta de mimbre con asa que mi abuela utilizaba para ir al pueblo grande los días de mercado. Mi madre solía prepararla como si de verdad fuésemos a irnos lejos, colmándola de pan, queso, membrillo, chocolate y fruta.

Los primeros años siempre jugábamos solos, porque la distancia existente entre los caseríos diseminados por el monte y el carácter adusto que percibíamos en los caseros viejos, no estimulaban precisamente a la exploración en busca de otros niños en el vecindario. No tendría yo menos de 9 años y 7 mi hermano pequeño, cuando descubrimos que existían niños en un par de granjas a menos de un kilómetro. Conocimos así a los que serían nuestros compañeros de juegos en los siguientes veranos, tres hermanos, dos niñas y un niño, y ampliamos en su compañía el radio de acción de nuestras aventuras.

Recorríamos juntos los estrechos caminos que discurren aún hoy entre los bastos terrenos de cada casero, que entonces eran sendas de gravilla o de tierra y barro y hoy, manteniendo la misma estrechez imposible para el tráfico rodado, están en su mayoría asfaltadas. Nos acercábamos a la distancia máxima que el recelo nos permitía al caserío más alejado y más alto en el monte, sobre el que nuestro tío nos contaba historias de brujas por las noches después de cenar. Vivían en él una madre anciana con cuatro hijos varones también mayores y todos solteros, aunque desde el lugar más cercano al que nos atrevimos nunca a llegar, jamás divisamos indicio alguno de vida humana. La casa parecía estar desierta. 

Salíamos también del camino y nos adentrábamos en los bosques, pisando un lecho de agujas de pino y ramas pequeñas que siempre recuerdo crujiente bajo nuestros pies. Mi tío nos fabricaba escopetas con ramas de avellano, que llevábamos cargadas al hombro. Tenían más bien forma de arco, ya que estaban formadas por un palo grueso hueco en su mitad, con dos agujeros hacia los extremos en los que se insertaban las dos puntas de una vara fina y flexible. Llevábamos los bolsillos llenos de tacos de madera cilíndricos tallados a navaja, que usábamos como munición para disparar a los árboles, y nos hinchábamos a moras silvestres de las zarzas que crecían por todas partes, apiñadas en torno a los troncos de abetos y eucaliptus. Los días de más calor, seguíamos el curso del riachuelo que atravesaba una de las fincas del abuelo, hasta llegar a una poza. En el último trecho, el arroyo transcurría unos diez metros bajo un montículo de tierra, encanalado en una tubería de cemento. El caudal de agua era tan reducido que solíamos descalzarnos y atravesar la tubería a cuatro patas, en fila india, hasta salir a la charca.

Aquellos meses de verano que pasábamos como pequeños salvajes y regresábamos a la casa con las piernas arañadas por las zarzas y salpicadas de estiércol, nos llenaban de recuerdos para el resto del año, que pasábamos encerrados prácticamente en el piso de Madrid esperando el próximo verano. Últimamente recuerdo retazos de aquellos días, señal probablemente de que me hago mayor, aunque supongo que se debe sobre todo a que mi hijo ha comenzado a hacer más preguntas sobre mi infancia, nuestros juegos, y la familia que ellos no han llegado a conocer.