8 de abril de 2014

Por qué escribo



Hace unos días escribí unos versos y los publiqué, como alguna otra vez, en Twitter, para desear buenas noches. Normalmente suelo dejar una cita de algún poeta, pero muy de vez en cuando, me asaltan las ganas de escribir algo propio. La última noche que lo hice, alguien leyó mis versos de aficionada sin pretensiones y los criticó al día siguiente, sin mencionarme directamente -no era necesario-. 

La crítica iba dirigida a la poca vergüenza de quienes escriben unas frases cortas con rima y creen que eso es hacer poesía. No puedo estar más de acuerdo con el fondo: admiro demasiado a los poetas, como para llegar a creer que lo que yo hago a veces, sea algo ni remotamente comparable. Sin embargo, no deja de parecerme curioso, y enormemente aventurado, que tales críticas vengan de alguien sin la sensibilidad ni los conocimientos de métrica suficientes como para agrupar cuatro palabras en un ripio. Nada sorprendente, por otra parte, puesto que aventurarse a criticar lo que ni de lejos somos capaces de hacer nosotros mismos, es un deporte muy español.

¿Por qué escribo, entonces, siendo perfectamente consciente de que no soy Shakespeare? La respuesta es bien sencilla y admite diversas opciones, a cuál más cierta. La primera razón es la más directa y fácil de responder: escribo, señores míos, porque me da la real gana. A partir de ahí, podría aducir otros motivos, como todas esas sensaciones agradables que la escritura me ha regalado, esos momentos bajos de los que escribir me ha ayudado a salir  y volver a plantarme una sonrisa en la cara. El último de mis motivos, quizá, es que hay algunas personas que aprecio y por las que me siento apreciada, que me animan a seguir escribiendo. Además, la mejor escuela de escritores es la práctica. Y, aunque no haya de llevarnos a ninguna parte, al menos el camino recorrido es lo suficientemente agradable por sí mismo como para no dejar que crezcan en él las malas hierbas. 

¿Qué te gustaría haber sido si hubieses podido elegir una profesión diferente? Novelista. ¿Qué es lo que más alegría te produce cuando te sientes triste? Escribir. ¿En qué te agradaría ser especialmente hábil? Escribiendo. He aquí mis respuestas. 

Dudo mucho que ningún poeta vaya a retorcerse en su tumba por culpa de mis escritos. No creo que a nadie haga daño que utilicemos nuestra libertad para escribir lo que nos venga en gana, para experimentar con palabras, ritmos y métricas. Además, la palabra escrita tiene una enorme ventaja, y es que este es uno de esos ámbitos en los que el ser humano puede ejercer su libertad, escogiendo lo que desea leer y lo que no. Es tan sencillo elegir una lectura, tan fácil saltar de un libro a otro, como de un perfil a otro de Twitter. Razón ésta por la cuál me resulta de todo punto inútil y ciertamente estúpido, obligarse a sufrir con los ripios de alguien que no nos agrada.

Por mi parte, sólo me queda añadir una cosa: a ti que me lees, GRACIAS.


7 de abril de 2014

Sueña




La noche es mi consuelo,
La negra luz del día.
Lugar donde los sueños
despliegan rebeldías,

Donde nuestros desvelos
se tornan naderías,
y las grandes pasiones
lo normal de la vida.

No te rindas, mi dueño,
no cejes, vida mía,
Si te quedas te enseño
a soñar todavía.


26 de febrero de 2014

Que nunca te haga sentir culpable




Pensó que quizá no debería haberle hablado de aquella manera, pero estaba tan enfadada... 

-¿Cuánto tiempo llevaré aquí?-, se preguntó. Estaba oscuro, muy oscuro. No como cuando oscurece y el cielo está nublado, y cuesta ver las siluetas de los árboles y los charcos del camino, sino mucho más oscuro: totalmente negro. Y ese silencio... El silencio más profundo y brutal que había escuchado nunca. No se escuchaba siquiera el sonido del silencio. Si se quedaba muy quieta, conseguía escuchar su propia respiración.

Sentía los hombros agarrotados y un leve hormigueo recorría sus brazos, que comenzaban a adormecerse. Intentó flexionar las piernas, pero su rodilla chocó contra algo y tuvo que dejar de intentarlo. 

Pensó que, en cualquier caso, él no tardaría en venir a buscarla. Siempre volvía. La perdonaba siempre. Antes de lo que pensaba, la sacaría de allí y la llevaría a casa abrazándola por el camino. Y todo estaría bien, como antes. Aunque si era sincera consigo misma, la verdad es que las cosas habían ido mucho mejor en otra época: cuando ella hacía siempre lo que él le pedía. Con los años, se había vuelto terca y desobediente, y él no tenía más remedio que enfadarse con ella muchas veces. Por su bien. Porque él la quería muchísimo, de eso estaba segura. Además, se lo decía con frecuencia.

-Volverá enseguida-, pensó. -Seguro que me perdona, me dará una nueva oportunidad de hacer las cosas bien, como a él le gustan-. 

-Ay, pero ¿por qué tarda tanto? ¿Y por qué no recuerdo nada del último día? Y este dolor de cabeza... Dios, que venga pronto-.

Sentía más frío, y una terrible humedad que le calaba los huesos. Intentó cubrirse el cuerpo con los brazos, pero ya no podía moverlos. Le costaba también respirar, y empezaba a tener sueño, mucho sueño. Pensó que podía dormir un poco mientras esperaba que él viniera a buscarla. Tal vez cuando despertase de nuevo, ya no le dolería tanto la cabeza.



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Los perros tiraban con fuerza de sus correas mientras corrían impacientemente entre los árboles. El inspector se apresuraba para alcanzarlos, siguiendo a sus hombres por la senda. Por fin, los animales se detuvieron junto a un muro de piedra mohosa. Allí, al pie de un viejo almendro, la tierra presentaba el aspecto de haber sido removida no hacía mucho. 

Estuvieron cavando una media hora, hasta que las palas chocaron contra algo duro. Encontraron una ruda caja de pino. En su interior, el cuerpo de una mujer joven y aún hermosa. Su cabello era largo y rojizo, salvo en la parte posterior de su cabeza, donde una mancha marronácea sugería un fuerte golpe en el cráneo.

Se llamaba Enya.



(Fotografías: Oleg Oprisco).