Hay formas mejores de pasar el tiempo que introduciendo entradas en un blog, pero indudablemente, las hay mucho peores, y en cualquier caso, no hacemos mal a nadie, ¿verdad?
Michael ahoga una náusea y sale del portal subiéndose las solapas del abrigo y mirando con temor a ambos lados, seguro de que en cada una de las sucias esquinas de su calle le acechan para atracarlo. Enfila la acera cabizbajo, mirando los adoquines desiguales y rotos para pasar desapercibido, concentrando la vista en la inmundicia que sus pies enormes y pesados esquivan a casa paso: botellas rotas, excrementos, colillas, mendigos de piel sucia con verrugas y perros de color indefinido, piernas que se mueven casi tan deprisa como las suyas y pasan por su lado extrañamente sin abordarle. Se detiene ante la boca de metro aguantando una arcada más fuerte, tembloroso al borde de aquel tragadero oscuro del que lleva huyendo casi un año y que ahora espera para engullirlo sin remedio y robarle el escaso aire que entra en sus pulmones. Palpa por fuera el bolsillo de su abrigo y siente la navaja, pero no obtiene la tranquilidad buscada en su contacto. Se agarra a la barra de metal que desciende hacia el abismo, se congela por dentro, cierra los ojos y comienza a sumergirse entre los bultos que suben corriendo las escaleras en busca de aire.
El estruendo de las puertas al cerrarse retumba en su cabeza y le hace subir un amago de vómito que vacila arriba y abajo por su garganta mientras su cuerpo se sacude a uno y otro lado al arrancar el tren entre chirridos insoportables. Antes de lograr aferrarse al tubo sobre su cabeza choca contra algunos de los miembros calientes y blandos del monstruo policéfalo que abarrota el espacio, que intenta absorberlo e integrarlo en la masa de moscas atrapadas con los brazos estirados buscando la salvación en el techo. En cada parada, las bocas cuadradas del monstruo vuelven a engullir con estrépito metálico nuevas figuras sudorosas y pestilentes. Entre Whitechapel y Stepney Green alza el rostro hacia el cielo de tornillos blancos desconchados para inspirar fuerte y su mirada se cruza sin querer con uno de los rostros del monstruo: una mujer de labios excesivamente pintados y gruesos, de pelo estropajoso y pendientes baratos, con una marca de sudor en la blusa. ¿Y si ella es así?, piensa Michael tragando una nueva náusea. ¿Y si todo este viaje insoportable no merece la pena porque es como todas?
Diez paradas después, arrastra el cuerpo pegado a la pared hasta encontrar un hueco por el que cruzar deprisa hasta la puerta en el momento justo en que esta se abre escupiéndolo sobre el anden. La masa de rostros macilentos y exangües lo arrastra por pasillos desconchados, malolientes de humedad y fluidos humanos, hasta que por fin puede ver la luz del día desde el tracto final del monstruo subterráneo. Trepa las escaleras dando empujones y se echa a correr por la calle sin detenerse hasta la puerta de la cafetería. Allí está ella, sentada en una mesa junto a la ventana, absorbiendo la escasa luz que entra en el local con su pelo negro como la muerte. Le sonríe mostrando unos dientes excesivamente blancos entre sus labios inquietantemente hambrientos y le tiende una mano rematada por uñas color sangre, la misma que se le acumula en las sienes.
¿Eres Michael? Hola, yo soy Pam.
Piensa que está perdido al sentir el calor pegajoso de aquella mano cuyos dedos largos y finos pretenderán sin duda atraparle y quedarse con sus sueños para el resto de su vida.
Sábado 23 de septiembre de 1988, Fernández de los Ríos, Madrid
Blanca tiene 24 años y un rostro interesante y hermoso. Su piel clara es transparente como el papel cebolla traspasado por la luz; sus grandes ojos verdes iluminan la estancia en la que se encuentre con destellos de jade, incluso cuando está triste. Su boca es carnosa y rosada sin llegar a ser impúdica, y grande sin rozar el exceso. Su charla es ocurrente y jovial. Lleva un año viviendo con Manuel, a quien conoció en el último curso de carrera. Él tiene once años más que ella y diez centímetros menos; era su profesor de Derecho. Fisicamente no es llamativo, aunque es fuerte y varonil, con el mentón marcado y lanariz grande y armoniosa. Al contrario que ella, es taciturno y reservado.
Cruzaron sus primeras palabras en la cena de fin de carrera, en la que se sentaron frente a frente. Allí sufrió Manuel los primeros síntomas de enamoramiento, incapaz de retirar la mirada de aquella muchacha de enormes ojos cuyas manos aleteaban como mariposas blancas alrededor de su rostro mientras hablaba. Ella a su vez se había sentido halagada por la forma en que su admirado profesor la miraba, y dejó que la llevara a casa esanoche. Un año más tarde, compartían un apartamento en Argüelles.
- Están a punto de llegar, cielo, ve poniendo la mesa, por favor -. Blanca habla desde el baño, donde se da los últimos retoques de lápiz de labios frente al espejo.
- Falta 15 minutos, tenemos tiempo… -dice él abrazándola desde atrás y besándola el cuello, mientras sube una mano hasta su pecho.
- Si me destrozas el maquillaje te mato -ríe ella enseñando los dientes.
- Es que estás muy guapa. Verás la envidia con la que te miran las mujeres de los chicos.
Comienzan a besarse apasionadamente, se quitan la ropa con prisa uno a otro y hacen el amor allí mismo, de pie contra el mármol.
Sábado 23 de septiembre de 1995, Príncipe de Vergara, Madrid
Apoyada contra el marco de la puerta de la cocina, Blanca observa mientras la empleada doméstica ayuda a cenar al pequeño Manuel, que hace rodar un cochecito de juguete sobre la mesa. Manuel llega por detrás con la americana colgada del brazo.
- Vamos, cariño, que ya te queda muy poco. En cuanto acabes, un ratito de dibujos y a la cama, ¿eh? Flor, por favor, no deje que se acueste más tarde de las 9.
- Blanca, ¿ya estás lista? Llegamos tarde -interrumpe Manuel colocándose la chaqueta.
- Sólo me faltan los zapatos, tardo dos minutos.
- Tus dos minutos siempre me dan miedo.
- ¿He llegado tarde alguna vez, listillo?
- No me hagas recordártelas y date prisa, anda.
En su habitación, ella se retoca el carmín y se mira por última vez en el espejo del baño. Manuel asoma por detrás y se inclina sobre la espalda de ella para coger su frasco de colonia y rociarse el cuello.
- ¿Qué tal estoy?
- Bien.
- Ni siquiera me has mirado.
- Siempre estás bien, no seas boba. Serás la más guapa, tranquila. Aunque te hasarreglado demasiado para ver a los amigos de siempre.
- "Tus" amigos, querrás decir. No te creas que me apetece mucho ir; si lo hago es porque me has insistido, pero preferiría quedarme en casa con Lolo, ya lo sabes.
- Son nuestros amigos, Blanca, no sé por qué te empeñas en llamarles "mis" amigos después de tantos años. Si eres la que mejor se lo pasa… y se parten de risa contigo. Además, hace tres semanas que excuso tu ausencia, ¿para qué tenemos a Flor si no puedo salir con mi mujer a cenar un puñetero día a la semana?
- Pero no me regañes… ¡si estoy yendo contigo!
- Ya era hora. Por cierto, ese vestido es un poco corto, ¿no?
- Manuel, tengo 30 años, no querrás que me vista como una vieja.
- No, pero las mujeres de estos no van tan cortas. Y se cabrearán con ellos por mirarte.
- Tienen cuarenta años, hijo mío, yo no.
- Tienen mi edad, ¿me estás llamando viejo?
- Ay nooooo. Estás picajoso, ¿eh? Has empezado tú metiéndote con mi vestido.
- Venga, deja de pintarte y vámonos, que odio que seamos los últimos.
- Voy, pero no quiero que salgamos enfadados. Dame un beso, anda -le agarra por la cintura poniéndose de puntillas; él gira el rostro hacia el otro lado.
- Llevas carmín, vas a mancharme. Ya te daré lo tuyo esta noche -sonríe-. Venga, corre -termina, dándole una palmada en el trasero.
Sábado 23 de septiembre de 2002, Doctor Arce, Madrid
Manuel entra en el salón, donde Blanca está sentada leyendo un libro. A sus pies, la pequeña Alba juega con una muñeca sobre la alfombra.
- Bueno, me voy ya.
- ¿Vas a volver muy tarde?
- No lo sé.
- ¿Dónde cenáis?
- Por Tribunal, no me acuerdo del sitio.
- Lo decía por si me animo a ir luego a tomar una copa, hace mucho que no los veo.
- ¿En serio? Mejor otro día, el sábado que viene si quieres, la verdad es que no sé por dónde vamos a andar… ¿No tenías un cumpleaños hoy?
- Sí, pero no me apetecía mucho. Alba aún tiene fiebre, prefiero quedarme en casa.
- No tienes por qué, está la interna.
- Ya…
- ¿Y ese tono? - Blanca le mira muy seria, se levanta y se dirige a su habitación haciéndole señas para que la siga.
- ¿Qué pasa?
- Manuel, hace mucho que no hacemos nada juntos, sin los niños. Me paso los días metida en casa con ellos, ceno sola con ellos, y tú cada vez llegas más tarde.
- ¿Ya empezamos?
- Te cabreas cada vez que saco el tema…
- Sí. Es que no sé cuál es “el tema”. Si llego a casa tarde todos los días es porque tengo mucho trabajo. Trabajo gracias al que vivimos bastante bien.
- No hablo del trabajo; hablo de tus salidas nocturnas, de que llegues a casa de madrugada y con copas un día sí y otro no. Me siento muy sola…
- Pues sal con tus amigas, no me responsabilices a mí de no hacer nada.
- Pero quiero estar contigo.
- Sí, claro, y por eso te das la vuelta en la cama cuando te toco…
- No es verdad. Te echo de menos también ahí.
- ¡Ja! Qué huevos tienes… la última vez te faltó poco para ladrarme.
- Eran las dos, estabas bebido y pretendías follarme sin despertarme siquiera.
- Bueno mira, paso, no tengo tiempo, me están esperando. Hasta luego.
Manuel sale dando un portazo. Blanca acuesta a los niños y enciende el portátil intentando sentirse menos sola en compañía de extraños solitarios. Cuando él regresa a las tres de la mañana, acaba de acostarse pero se hace la dormida.
Sábado 23 de septiembre de 2009, La Moraleja, Madrid
Blanca termina de maquillarse y se mira al espejo del baño. Sonríe a la mujer del espejo al percibir ese brillo en sus ojos que había perdido hacia tiempo. Sigue siendo atractiva a sus 45 años.
- ¿Vas a salir otra vez? –dice Manuel, que acaba de entrar en el baño y se queda mirándola desde la puerta.
- Sí.
- ¿Con quién?
- Con Maite y las demás.
- ¿Otra vez? ¿Y dónde vais, si puede saberse?
- Por Tribunal. No me acuerdo del sitio... - Blanca se detiene con el lápiz de ojos en la mano y le mira a través del espejo, con un brillo de venganza en los ojos. Él esquiva la puñalada mirando por el ventanal del jacuzzi que da sobre la piscina.
- ¿Maite está separada, no?
- ¿Por qué? ¿Te interesa? Oye, no sé si te das cuenta de que me estás interrogando...
- No te interrogo, me intereso por tu vida. Pasas poco tiempo en casa y, cuando estás, no sueltas el móvil. Por cierto, te acaba de llegar otro mensaje, debes de llegar tarde.
Blanca se ruboriza, guarda el móvil en el bolso y sale del baño murmurando un “Hasta luego” desganado por el pasillo. No quiere llegar tarde a la cita con el hombre con el que chatea hace un año por messenger, el único al que ve reír embelesado escuchándola.
Manuel sube al piso superior, pasa ante la puerta de la habitación donde su hija ve una película de dibujos animados con una amiga de clase, y continúa hasta su despacho. Cierra la puerta y da unos pasos más hasta quedarse quieto frente a una de las paredes: aquella que llenó hace años con una colección de mariposas blancas clavadas con alfileres de color verde jade.
Sábado 23 de septiembre de 2016, Barrio del Pilar, Madrid
Llueve. Blanca toma un té leyendo un libro en su butaca favorita junto a la ventana. Está sola en el pequeño apartamento porque Alba ha salido con sus compañeras del instituto. Suena el teléfono.
- Hola –dice Manuel desde el otro lado-. ¿Tú vas a ir mañana al cumpleaños?
- Claro, es mi nieto, ¿y tú?
- Sí, sí, claro, pero igual llego más tarde, tenemos una cosa antes.
- “Tenéis”… así que vas a traerla…
- Sí. No veo por qué no; los chicos ya la conocen.
- Sí, muy civilizado todo... Perdona pero no me parece normal tener que encontrarme con ella justo en casa de nuestro hijo.
- Pues lo siento pero tendrás que acostumbrarte. Ella también es parte de mi familia ahora y creo que es mejor que nos llevemos bien todos.
- Caramba, chico, qué moderno te has vuelto con la jubilación.
- Bueno oye, sólo te llamaba para recordarte que el fin de semana que viene me llevo a Alba con nosotros al campo. Se lo he dicho a ella y le apetece.
- Bueno...
- Venga, hasta mañana.
- Adiós.
Blanca apura su té, deja el libro sobre la butaca y se levanta. Se dirige a su cuarto, colocándose frente al espejo de cuerpo entero. Da un par de giros y se estudia. Tiene 52 años y sigue siendo atractiva; casi siempre le gusta la mujer en la que se ha convertido, aunque a veces lamenta haber sido una de dos que no supieron quererse entre sábados.
Cuando él me dejó, hice todo lo contrario a lo que recomendaban las amigas y los libros de autoayuda que empezaron a regalarme. Experimentaba una total desgana por ver gente, y menos aún me apetecía salir por las noches o apuntarme a cursos de macramé. Me sentía como una niña desamparada, e hice lo que haría una criatura en esas circunstancias: volver a casa. Tomé un tren y recorrí los 500 kilómetros que me separaban de la costa con las gafas de sol puestas y sin dejar de apretar un pañuelo de papel arrugado entre mis dedos.
Al bajar del tren, la brisa secó mis lágrimas dejando riachuelos marchitos sobre mi rostro. El olor del mar penetró en mis pulmones doliendo como si acabaran de resucitarme sobre una camilla. Tomé la maleta y enfilé la cuesta en dirección a la casa. Esta se alzaba a las afueras del pueblo, en una colina desde la que se dominaba la bahía. Se divisaban desde bien lejos sus muros enjalbegados y sus contraventanas azules. Ya no había geranios de vivos colores sobre los alféizares, que lucían ahora desnudos y fríos como la mesa de trabajo de un forense.
El interior estaba oscuro y olía a rancio como una fábrica de quesos abandonada. Dejé la maleta en la misma puerta y fui hasta la galería, donde me senté en la vieja mecedora del abuelo. La madera crujió bajo mi peso, y recordé el desgarro en el mimbre que ocultaba un viejo cojín. Y allí, por fin, me encontré con mi mar, tras los cristales enturbiados por cien tormentas.
Sería difícil sacar de mi cabeza aquella sonrisa capaz de quebrantar mis tormentos; sus ojos del color de la miel derramada bajo el sol. Pensé que al menos podría comenzar a olvidar el olor de su piel de lavanda y rocío que siempre me transportaba a nuestro viaje a la Provenza; hasta que abrí el armario de ropa blanca de la abuela, y lo encontré esperándome entre las sábanas de hilo, condensado en pequeños ramilletes atados con hilo bramante.
Alberto es médico, como mi padre, pero creo que a él nadie quiere matarle. Lo sé porque cuando me lleva al colegio recorre todos los días el mismo camino y hasta bromea con nosotros en el coche. El colegio me gusta, aunque aún no entiendo la mayoría de las cosas que me dicen. Mi momento preferido allí es el recreo, porque no es necesario hablar para jugar, y sobre todo porque los niños no me miran con esa lástima benevolente que encuentro siempre en las miradas adultas.
Alicia también es muy buena conmigo. Me sonríe al secarme el pelo con la toalla después del baño, y me besa cada noche después de contarme un cuento. Pero me acuerdo mucho de mamá, y no logro sentir con ella el calor que notaba apretado entre sus brazos. Aún con la ropa empapada y la boca sabiendo a salitre, mamá lograba calentarme el corazón y la piel contra su pecho.
Mi nueva familia dice que este verano nos llevarán a la playa. Lo anuncian con los ojos brillantes y grandes sonrisas, como si el mar fuera algo maravilloso. A mis nuevos hermanos parece gustarles mucho la idea, pero yo siento que me ahogo, no quiero ir. No soporto la idea de volver a ver ese mar oscuro que se tragó a mamá tan cerca de la orilla. El monstruo que me privó de sus cálidos abrazos, y de esa forma suya tan dulce de decir mi nombre: Karim.
Hay verbos que sólo deberíamos usar en su forma reflexiva.
No todos, por supuesto, pero sí algunos. Hay verbos que representan acciones agradables en sus dos formas. Escribir, por ejemplo, me parece una forma muy agradable de pasar el tiempo. Pero escribirse es mucho más. Algo que siempre me gustó hacer, y que en general hacemos cada vez menos. Lo hemos sustituido por enviarnos un meme de vez en cuando, y desde luego no es lo mismo. No por el contenido, que ya en sí es bastamte lejano a una comunicación personal, sino sobre todo porque no somos el destinatario elegido por quien lo envía, sino uno más de una lista de sospechosos habituales.
Comer es otro de esos verbos ambivalentes. Representa una acción siempre placentera, tanto en su forma básica como con sufijo. Lo mismo que besar y reír. Mirar, en cambio, tiene sus matices. Denota una acción sencilla que, en su forma reflexiva, deja de serlo tanto y puede llegar a convertirse en poesía. Con amar tengo mis dudas. Es hermoso en las dos formas, pero bastante más satisfactorio en reflexivo.
Pero el que siempre me ha llamado más la atención es el último. La diferencia entre echar de menos y echarse de menos es un mundo. En su primera forma, el corazón se encoge porque siente la falta de alguien que tal vez ya no está entre nosotros, o el desapego de quien aun estando, no nos recuerda. Se trata de una acción en solitario que no aporta nada al individuo que la realiza y que debería por su bien dejar de ejercer. Cuando en cambio la acción se realiza con el sufijo verbal, genera alegría y felicidad. La distancia puede convertirse en cercanía, y uno acaba dando gracias a la vida por poder tener a alguien que sienta lo mismo que tú aunque no esté a tu lado.
Ojalá existiera un mecanismo mental que detectase el mal uso de algunos verbos y nos avisara para dejar de utilizarlos. Científicos del mundo, os invoco.
Tengo que decirte algo. Ahora que ni siquiera me estás mirando es el mejor momento, porque no sé si sería capaz de decirte todo esto con tus ojos clavados en los míos. Todos creen que soy valiente, pero hay cosas que no he sido capaz nunca de decirte, palabras que cuando me miras se enredan en mi garganta y construyen un dique contra el que no tengo valor para luchar. Te he querido mucho, ¿sabes? Sí, creo que lo sabes o, al menos durante un tiempo, lo supiste. Aunque yo solo te lo haya dicho un par de veces hace años. Te quería aún incluso cuando me abrazabas por la espalda quejándote en mi cuello de mi frialdad para contigo y buscando que repitiera esas palabras que siempre has dicho más que yo. Pero no lo hice, porque hacía ya un tiempo que no estaba segura de seguir queriéndote. Creo que me equivoqué. Me equivoqué muchas veces, y tantas otras simplemente no supe quererte. Creo que ese error lo hemos cometido ambos. Uno piensa que basta con querer a alguien, y sin embargo nunca es suficiente. Hay que saber querer, y querer bien. Quiero pedirte disculpas porque yo no supe hacerlo, aunque tú lo merecías probablemente todo. Siento tanto que no hayamos sabido hacerlo bien ninguno de los dos. Lamento profundamente todas esas frases hirientes que nos han llevado a enrrocarnos en este silencio que duerme entre nosotros hace años. Lo hemos alimentado los dos, y nos hemos amargado mutuamente con ello. Ni siquiera sé si te quiero, perdóname, ya sé que soy un desastre. De lo que estoy segura es de todo lo que tengo que agradecerte. He ido convirtiéndome en la mujer que ahora soy a tu lado. Me he sentido muy querida, protegida y durante un tiempo, admirada. Me has enseñado muchas cosas. La más importante, sin duda, el amor incondicional a la familia por encima de todo. Nadie como tú ha sabido limar las diferencias entre unos y otros para mantener unidas a todas las personas que quieres, incluso tragando sapos, porque no pensabas nunca en ti mismo antes que en ellos. Eres un buen tío, ¿sabes? Y habría que ser muy torpe para no saber quererte. Pero me temo, querido amigo, que soy la persona más torpe del mundo. Lo siento. Lo siento mucho. Tenía que decirte todas estas cosas, y hasta hoy no encontré el valor. Por eso te las digo ahora, sin mover los labios, mientras duermes profundamente a mi lado y sé que no me vas a interrumpir.
Qué curiosa es la diferencia de comportamiento entre mujeres y hombres en los 'amores' de semáforo y el pavoneo de coche a coche. Esta tarde volviendo a casa, mientras estaba detenida en el carril izquierdo en el semáforo de la plaza de los Sagrados Corazones, con un todo terreno a mi derecha pilotado por un caballero de los de ´me sobra un brazo y por eso lo llevo fuera' y mirada de hielo azul 'qué-pasa-chati', he apostado conmigo misma los segundos que iba a tardar el susodicho en dar un acelerón para ponerse justo delante de mi coche. Me he equivocado en 2 o 3, como mucho. Al poco de emprender de nuevo la marcha, ya tenía ante mis ojos sus gafas de sol reflejadas en su retrovisor.
Hay estereotipos que nunca fallan, y diferencias muy claras en nuestros comportamientos. A una chica no se le ocurriría nunca coquetear dejando detrás al objeto de su extender de plumas, cosa que en muchos de ellos en cambio es un clásico, como el Madrid-Barça.
De todas formas, no todos los flirteos de semáforo son iguales, y eso es lo divertido: coger el coche cada mañana y no saber lo que puede ocurrir en tu vida sentimental a cuatro ruedas. Algunas veces, el flirteo de semáforo puede ser incluso muy agradable y divertido. Acabo de recordar uno de hace unos años que me hizo reír, y que de vez en cuando recuerdo con alegría. Iba con mis hijos, entonces niños (la mayor debía de tener 12 años y el pequeño 10) de camino a la escuela. Nos detuvimos en el semáforo de la plaza de Lima, me sentí observada y giré la cabeza hacia el coche de mi izquierda. Mientras mis hijos estaban (creía yo) entretenidos con sus cosas, sostuve al parecer un tonto cruce de miradas y sonrisas con el conductor, que por cierto era muy atractivo. Y digo "al parecer", porque juro que no fui consciente de estar tonteando hasta que la niña soltó de pronto "¡mamá! ¡estás ligando con ese señor!". Me volví hacia ellos absolutamente ruborizada y, mientras pensaba qué decir, el niño respondió por mí: "Alejandra, ¿no sabes que aunque uno haya elegido su plato, puede seguir mirando la carta?".
En la adolescencia, pasé unos
años haciendo teatro en un grupo amateur dirigido por la madre de una de mis
amigas del colegio. Doña Elena había pertenecido a la Sección Femenina de
Falange, dedicándose a actividades relacionadas con la literatura y las artes.
Era bastante mayor, porque había tenido a mi amiga Elena por sorpresa a los
cincuenta, cuando ya era madre de tres muchachos adolescentes.
Cuando teníamos 13 años, doña
Elena organizó aquel grupo de teatro que al principio integramos únicamente cinco
amigas del colegio. Poco tiempo después, reclutó a un grupo de chicos en el
colegio masculino de San Antón, que estaba en Malasaña y ahora ya no existe. Hoy
en día el edificio se ha convertido en la sede del Colegio Oficial de
Arquitectos.
El fichaje de los chicos supuso para mí dejar de hacer los papeles
masculinos que siempre me tocaban gracias a mi altura, y para todas nosotras en
general el alborozo de la primera pandilla mixta y los primeros flirteos –nuestro
colegio era lo que entonces se conocía como “institución femenina”, como la
mayoría en aquella época-.
Doña Elena adaptaba los guiones
de las obras, que nos pasaba mecanografiados en su Olivetti para que los
fuéramos estudiando. Ensayábamos en su casa por las tardes al salir de clase, mientras
merendábamos bizcochos con chocolate, y de vez en cuando dábamos una representación,
en residencias de ancianos, parroquias y colegios.
A finales de los años 70, nuestros
amigos del San Antón comenzaron a alternar el teatro con la actividad política,
metiéndose tres de ellos en Fuerza Nueva. A Federico, el más guapo, le vimos
alguna vez en la tele sujetando el mástil de una enorme bandera junto a Blas
Piñar, orgulloso y estirado con su camisa azul y su gorra roja. Mis amigas y
yo, por aquellas fechas ya habíamos cambiado por decisión propia el colegio de
monjas por el instituto. Aquello supuso un disgusto para nuestras familias, aunque
afortunadamente nos dieron su consentimiento. El instituto era también
femenino, pero fue una bocanada de aire fresco para nuestras cabezas. Comenzamos también a
interesarnos por la política, y a mantenernos en forma corriendo delante de los
grises. Una de las cosas más tristes fue que, una vez, nos tocó correr delante
de nuestros compañeros de escenario. Aquello no tuvo ninguna gracia, y el grupo
de teatro acabó desapareciendo.
A doña Elena le debo el disfrute
de aquellos años leyendo y ensayando teatro, más que las propias
representaciones –yo era muy tímida, y quería que me tragase la tierra cada vez
que el telón estaba a punto de abrirse-. Nos llevó también muchas veces a ver
teatro de verdad y nos presentó a colegas del mundillo en los festivales
internacionales a los que nos llevaba cada año en el Palacio de Congresos.
Por aquellas casualidades de la
vida, tres de mis amigas de aquel grupo se casaron entre los 18 y los 19 años,
convirtiéndose en madres en seguida. Doña Elena me tenía mucho cariño, y siguió
llamándome a veces para que la acompañara a la casa de uno de sus hijos mayores.
Arturo vivía en una especie de piso comuna, y la buena mujer acudía allí de vez
en cuando a recoger ropa sucia y entregarla limpia, para lo cual íbamos
pertrechadas de sendos carros de la compra. De aquellas incursiones se me ha
quedado grabada una imagen: la de aquel piso oscuro y sucio de la calle
Canarias, una habitación en penumbra con las persianas a medio echar y dos tipos
fumando porros desnudos sobre un colchón tirado en el suelo. Sentí lástima por
Arturo, y mucha más por su madre. Ninguno de los dos vive ya hace años.
La primera vez que estuve en Londres fue a principios de los
noventa. Me enviaron allí junto a otra compañera a un curso de especialización en Derecho de
la Competencia del que, tras una semana, el mejor provecho que obtuve fueron los apuntes mecanografiados que nos repartieron el último día -no sé por qué extraña razón, algunos extranjeros hablan aún más rápido cuando les pides por favor que lo hagan más despacio-.
Un compañero nos había recomendado alojarnos en hotelito español con encanto, "algo decadente pero de trato agradable y muy bien ubicado" en el West End, a 4 minutos a pie de la estación de metro de
Oxford Circus.
La elección no pudo ser más acertada. El Spanish Club
resultó ser un edificio georgiano en una encantadora plaza, Cavendish
Square, muy verde, bonita y elegante, que conservaba aún ese aire dieciochesco de sus orígenes. Al parecer, debe su nombre a Henrietta
Cavendish-Holles, esposa del segundo conde de Oxford, propietario en el siglo
XVIII de gran parte de los terrenos de la zona. En torno a los jardines edificaron en aquella época sus residencias buen número de aristócratas
ingleses, y el nombre de la plaza tiene incluso reflejo en la
literatura inglesa, pues aparece en el Dr Jekyll and Mr Hyde de Robert
Louis Stevenson.
Número 5 de Cavendish Square
El edificio que alojaba el Spanish
Club es el típico edificio londinense. El día que llegamos,me
pareció algo triste, porque tanto por fuera como por dentro estaba algo
anticuado y necesitado de reformas. Sobre la majestuosa escalera de la entrada
colgaba un retrato de Alfonso XIII y sobre las paredes, fotografías históricas
de algunos de los personajes que habían estado allí a su paso por Londres. En el
gran salón al que se accedia por la escalera, la colonia española había recibido en el
pasado a invitados ilustres, como Fidel Castro o el mismo Miguel de Unamuno, de
quien una de las fotografías colgadas en la pared recordaba la cena homenaje que
se le organizó en febrero de 1936.
Pero en aquella época remota el Spanish Club que yo conocí se había llamado de otra forma. Sus raíces estuvieron en el antiguo Centro Español de Londres, fundado en 1916 bajo la iniciativa particular del restaurador Antonio Martínez y un grupo variopinto de españoles, entre ellos el periodista Ramiro de Maeztu. Inicialmente, la sede del Centro fue un desván abandonado en la planta superior de la vivienda de Antonio Martínez, en Wells Street, y no fue hasta pasada la gran guerra cuando adquirieron la sede del número 5 de Cavendish Square.
El objetivo inicial del Centro Español de Londres fue dotar a la comunidad española de Londres de un lugar de encuentro para fomentar las relaciones entre españoles, británicos y sudamericanos y promocionar la cooperación intelectual, económica y cultural entre sus países. Desde su nacimiento, el club contaba con un bar, un restaurante y alojamiento para viajeros españoles de paso en Londres.
Blanco y Negro, 17 de octubre de 1926.
En el desaparecido Centro Español de Londres en el que
tuve la suerte de alojarme durante aquella semana, habían llegado a hospedarse
durante la década de 1920 numerosos artistas españoles que viajaron a la ciudad para exponer sus obras; como Francisco Sancha, Ramón Calsina, Miguel Mackinlay y Evaristo Valle.
El pintor Gustavo de Maeztu vivió enLondres entre 1918 y
1922, dejando también su huella en el 5 de Cavendish Square,
como el tríptico "Iberia" y algún otro cuadro.
En la planta baja del edificio que yo conocí tenía su sede entonces la agencia EFE. En el primer piso estaba el restaurante, cuyas ventanas daban directamente sobre los árboles de la plaza. Recuerdo los desayunos allí como una de las cosas más agradables de mi estancia, untando el pan con mermelada de arándanos y grosellas como un personaje de Henry James.
Durante aquella semana de 1991 o 92 -como me ocurre tantas veces, he olvidado la fecha exacta-, asistíamos a
clase por las mañanas y recorríamos la ciudad por las tardes. Una de estas, a nuestro regreso al
hotel para descansar y cambiarnos de ropa, nos encontramos con una fiesta en la
planta baja. No recuerdo tampoco si había sido organizada por la agencia EFE o por la Cámara de Comercio, pero sí que nos
invitaron a unirnos a ella según entramos en el hall del número 5.
Al cabo de una hora, se organizó un gran revuelo. Scotland Yard obligó a desalojar el edificio porque habían recibido, al parecer, una llamada amenazando
con una bomba supuestamente de ETA. La fiesta se trasladó al otro lado de la
calzada, a los jardines de la plaza, donde no solo fuimos a parar invitados y camareros sino también los cristalinos recipientes de bebidas alcohólicas y muchas de las
bandejas de comida. Pasó la tarde charlando y riendo en aquel parquecillo que recuerdo como sacado
de una película de Sherlock Holmes, mientras veíamos enfrente a la policía
inglesa afanarse en la búsqueda del supuesto artefacto -que por suerte nunca existió-. Finalmente
cayó la noche, Scotland Yard dio por concluida la búsqueda, y pudimos regresar
al hotel.
Cuatro años más tarde volví a Londres en viaje de placer, y como no, a alojarme en el Spanish Club. Esa segunda vez fueron dos semanas, y me pareció un lugar bastante más romántico. Supongo que porque iba mejor acompañada y hasta la mermelada me sabía más dulce.
Parece que el Spanish Club cerró sus puertas el 20 de septiembre de 1997, solo un año después de mi última estancia, y yo no me había enterado. En 2003, el viejo edificio de Cavendish Square se convirtió en un hotel de lujo y punto de reunión de la élite londinense, tras una importante restauración
del edificio. Hoy en día sigue siéndolo, y además uno de los clubs nocturnos más exclusivos de Londres. Pero ya no me apetece tanto visitarlo de nuevo.